
Ardiente encarnación de la confianza,
fascinadora flor de la ilusión,
tu sola vista, ¡Oh esperanza! alcanza
a rejuvenecer mi corazón.
Ay! quien fuera la suave brisa,
para poder acariciar sin fín,
con palpitante fervoroso cariño,
tu tibia y tersa piel,
con dulce esencia a jazmín.
Quién fuera un labio tuyo,
para poder estar ebrio de tí,
sin inferír agravio,
besando colmado de dicha,
al dulce sueño, de vivír en tí.
No te ofenda mi culto,
no imagines, que intento profanar lo que amar sé;
antes de ti no he visto nada igual,
hasta el día en que te escribí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario